viernes, 24 de julio de 2009

Ideas...macabras quizas mis ideas

Cuando yo hablo, vos escucha


Unas manos frías comenzaron a guiarme, sin hablar me pidieron que camine un corto trayecto y me acomode en un espacio ínfimo. Con un leve movimiento hacia abajo me indicaron que puedo y tengo donde sentarme. Mi trono es incomodo, sin forma alguna, liso y doloroso.
- ¿Cuál es su nombre?- Una voz por fin decidió interactuar conmigo, la primera impresión que me dio fue que su dueño estaba confiado. Dueño de seguridad en su cabeza, pero no en el alma. Se trataba de un Soñador.
- Puede llamarme Mateo, como decidieron hacerlo mis creadores, cuando supieron que su carnalidad seria semilla- le contesté con la misma cortesía que él usaba conmigo.
- ¿No va a abrir los ojos?- Me preguntó extrañado.
- No, escucho mejor así- me burle de su pregunta con picardía.
- ¿Cuántos años tiene?-
- Los números siempre me parecieron pesadillas de hombres mil veces olvidados. Pero según ellos, yo debería tener treinta y tres años-
- ¿Sabe usted porque esta en este lugar?- no se detuvo en pensar mis palabras, solo deseaba que le de un numero que ya conocía, y así, poder seguir con sus preguntas planeadas de antemano. Desde ese momento decidí desafiarlo.
- Creo que usted lo sabe o cree saberlo mejor que yo-
- De su versión entonces- replicó impaciente el Soñador.
- Por no ser comprendido, por miedo y también negación, por confusión y quizás hasta por envidia-
- ¿Qué debería envidiarle acaso?- En su voz noté por primera vez la inseguridad de la improvisación.
- Mi libertad, por supuesto.
Abundantes chillidos se hicieron presentes, estos me sirvieron para darme cuenta de que no estaba solo con el frío encuestador. Estábamos rodeados por pequeños duendes, que esperaban y oían todo lo que yo tenía para contarles. Ellos rieron ante mi última respuesta. Rieron, si, pero me temían profundamente.
                    ¿Es usted creyente?- El Soñador ignoró a los duendes, el asunto era entre él y yo.
- Creo, oh claro que creo. Creo en el viento y su omnipresencia, también en el fuego y su capacidad de dar tanto calor como destrucción, dependiendo de la distancia. Creo en el mar como un centinela armado que nos rodea y vigila, poderoso y siniestro. No dejaré afuera de mis creencias al cielo, que nos hace codiciar lo inalcanzable, ni tampoco a los árboles que con su presencia nos demuestran lo absurdo que es tener paciencia.-
- ¿Y en Dios? ¿No va a nombrarlo?-
- ¿Por qué? Usted iba a hacerlo por mi- Con los ojos siempre cerrados el aire me contó como una sonrisa se dibujó tímidamente en el rostro de mi contrincante.
- ¿Se considera un mentiroso?
- Me considero demasiado poco común para serlo- No mentí.
- ¿Superior?- El Soñador buscaba, deseaba desesperadamente un “SI”
- No, solo Despierto.- No quise que tuviera suerte.
- ¿Cómo fue la relación con sus padres?- De pronto la psicología barata buscaba un lugar frente al fuego. Pensé que seria mejor no darle motivos para quedarse.
- Amor y flagelo, respeto y vergüenza, vejez y orgullo, experiencia y asfixia.
- ¿Los amó?-
- Por instinto-
- Cuando duerme, ¿Qué sueña?- Me hubiera gustado preguntarle lo mismo a él, pero no lo hice, solo le contesté.
- Que nazco, que crezco, que soy, que fui, que envejezco, que muero, que contesto preguntas.- ¿O son pesadillas? Nunca lo sabría.
- ¿A que le tiene miedo?- Sentí como el Soñador se relamía los labios, esta conversación no era como las cientos que había tenido.
- Al ser humano, a su capacidad de hacer el mal y el bien sin siquiera notarlo. A dejarse llevar por razonamientos desparejos que solo sirven de cuartada para que el tiempo corra y el cuerpo se marchite sin sentirse desdichados.
- ¿A algo más?- Me preguntó, como si lo hubiera decepcionado con mi última respuesta.
- Si, a muchas cosas más. A la ciega felicidad, a llorar sin razones, a perder el camino y darse cuenta solo por los golpes, a crear, a destruir, a tenerle miedo a todo. Al temer mismo podría decirse. Ah, ¿le mencioné que le tengo terror a las hojas en blanco y a las arañas?-
Los duendes volvieron a hacerse notar. Esta vez refunfuñaron, gruñeron y hasta los escuche ladrar. Me odian, los sentí en la nuca.
-¿Considera usted que sufre algún trastorno mental?- Algunos consideran que decir la palabra “Loco” es ser poco académico. Yo no.
- ¿Me pregunta si me acuesto seguido con la locura?-
- Si quiere llamarlo así…- Se hice cargo de mi corrección, casi culposo. Me agradaba mucho este inocente Soñador.
- La locura es un arma, un camino, una salida, una vida, un click, un detonante y a su vez una paz superior. No le tengo miedo, sino se la hubiera nombrado antes, le tengo respeto. Creo que fue juzgada antes de tiempo. La razón le ganó de mano y se hizo con el trono de “lo correcto”.
- Entonces, ¿Se considera preso de la locura?- Sus ojos soñadores debieron brillarle de placer,  pensó que estaba por llegar a donde siempre quiso hacerlo.
- Si fuera americano y usted europeo, yo lo llamaría extranjero. Pero, ¿Cómo me llamaría usted a mí? El loco y el cuerdo, ¿no le parece que solo es cuestión de mares y costas?-
Ni el Soñador ni los Duendes. Todo es silencio. Mis palabras retumbaron en sus cabezas, la duda estaba naciendo en sus corazones. La herida estaba hecha, tendrán algo que compartir con sus almohadas esta y muchas otras noches.
- ¿Usted es un asesino?- Mi encuestador no soportó reflexionar en público, por eso me atacó como mejor puedo.
- Claro, tuve un hijo- y yo volví a golpearlo en la frente.
- No…no comprendo- Tartamudeó, estaba débil.
- Más problemas de extranjeros y costas. Dar vida, ¿no podría ser también dar muerte? En resumen, vivir es un camino hacia morir. ¿Estamos naciendo o comenzando a fallecer? Para ser un asesino se requiere quitar una vida, yo pulse el botón que dio inicio al gran engranaje del tiempo, que, segundo a segundo, esta matando a mi hijo-
- Yo me refería a la señora Parker- No Soñador, no te enfades conmigo.
- En ese caso aceleré el mecanismo que hace muchos años otro asesino había dado inicio- decidí contestarle lo más claro que pude hacerlo, no quise que por sus orejas comenzara a salir humo.
Los Duendes otra vez hablaron, en voz baja y entre ellos. Me odiaban, me odiaban mucho mas cuando me descubrieron sincero.
- ¿Por qué lo hizo?- Una pregunta que no solo le sirvió para su trabajo, sino que la necesitaba, no iba a poder soportar no tener respuesta.
- Porque vi en ella demasiadas cosas malas. Soledad, angustia, risas falsas, ropa planchada, ojos pintados al medio día, lagrimas censuradas, temor, locura enjaulada, normas absurdas, sueños imposible, y por sobre todas las cosas, ganas de morir.
- ¿Se cree capaz de juzgar usted mismo sobre la vida de los demás?- El Soñador usaba la voz del dolor, debió haber perdido recientemente a alguien que amaba.
- No siempre, pero en este caso todos los poros de su piel me hablaban, mejor dicho, me suplicaban: “mátame, mátame, ella es cobarde, ella no me quiere, mátame, mátame”. ¿No le parece que fue un buen gesto de mi parte?
Voces y más voces, insultos, enojo, ira. Los duendes deseaban mi muerte, aunque dudo que ellos supieran escuchar como yo lo hago.
-Creo…creo que es todo- El Soñador ganó la batalla que vino a disputar. Pero a pesar de eso se va más herido de lo que cree. Se alejara de las armas por mucho tiempo, si es que alguna vez puede volver a levantar los brazos.
Yo aún no estaba del todo satisfecho, tenia una última bala de plata en mi revolver y dispuse a usarla.
- ¿De verdad? Por un momento pensé que sus ansias de aprender a como quitarse de encima esas cadenas que cubren su pecho, que no solo lo atrapan, sino que evitan su más básico sentido de libertad, eran mucho mas fuertes que una mente centrada en hacerme decir lo que todos sabemos que es verdad. Pero en fin, piénselo, tendrá tiempo, si es que sus poros no se encuentran por accidente con otro como yo, con otro despierto- Le sonreí sin esperar respuesta. Segundos más tarde una voz grabe decidió donde pasaré los próximos años de mi vida.
La mano fría vuelvo a tocarme y guiarme. Apretó mi brazo cada vez más fuerte, usando sus dedos como tenazas. Me odiaba por no querer verlo, me despreciaba por tener cerrado los ojos y depender aún más de los suyos. Me odiaba, si, pero me temía profundamente. Tenía miedo a que sus poros me dijeran lo que su boca y sus manos se esforzaban por disimular.