Unas
manos frías comenzaron a guiarme, sin hablar me pidieron que camine un corto
trayecto y me acomode en un espacio ínfimo. Con un leve movimiento hacia abajo
me indicaron que puedo y tengo donde sentarme. Mi trono es incomodo, sin forma
alguna, liso y doloroso.
-
¿Cuál es su nombre?- Una voz por fin decidió interactuar conmigo, la primera
impresión que me dio fue que su dueño estaba confiado. Dueño de seguridad en su
cabeza, pero no en el alma. Se trataba de un Soñador.
-
Puede llamarme Mateo, como decidieron hacerlo mis creadores, cuando supieron
que su carnalidad seria semilla- le contesté con la misma cortesía que él usaba
conmigo.
-
¿No va a abrir los ojos?- Me preguntó extrañado.
-
No, escucho mejor así- me burle de su pregunta con picardía.
-
Los números siempre me parecieron pesadillas de hombres mil veces olvidados.
Pero según ellos, yo debería tener treinta y tres años-
-
¿Sabe usted porque esta en este lugar?- no se detuvo en pensar mis palabras,
solo deseaba que le de un numero que ya conocía, y así, poder seguir con sus
preguntas planeadas de antemano. Desde ese momento decidí desafiarlo.
-
Creo que usted lo sabe o cree saberlo mejor que yo-
-
De su versión entonces- replicó impaciente el Soñador.
-
Por no ser comprendido, por miedo y también negación, por confusión y quizás
hasta por envidia-
-
¿Qué debería envidiarle acaso?- En su voz noté por primera vez la inseguridad de
la improvisación.
-
Mi libertad, por supuesto.
Abundantes
chillidos se hicieron presentes, estos me sirvieron para darme cuenta de que no
estaba solo con el frío encuestador. Estábamos rodeados por pequeños duendes,
que esperaban y oían todo lo que yo tenía para contarles. Ellos rieron ante mi última
respuesta. Rieron, si, pero me temían profundamente.
–
¿Es
usted creyente?- El Soñador ignoró a los duendes, el asunto era entre él y yo.
-
Creo, oh claro que creo. Creo en el viento y su omnipresencia, también en el
fuego y su capacidad de dar tanto calor como destrucción, dependiendo de la
distancia. Creo en el mar como un centinela armado que nos rodea y vigila,
poderoso y siniestro. No dejaré afuera de mis creencias al cielo, que nos hace
codiciar lo inalcanzable, ni tampoco a los árboles que con su presencia nos
demuestran lo absurdo que es tener paciencia.-
-
¿Y en Dios? ¿No va a nombrarlo?-
-
¿Por qué? Usted iba a hacerlo por mi- Con los ojos siempre cerrados el aire me
contó como una sonrisa se dibujó tímidamente en el rostro de mi contrincante.
-
¿Se considera un mentiroso?
-
Me considero demasiado poco común para serlo- No mentí.
-
¿Superior?- El Soñador buscaba, deseaba desesperadamente un “SI”
-
No, solo Despierto.- No quise que tuviera suerte.
-
¿Cómo fue la relación con sus padres?- De pronto la psicología barata buscaba
un lugar frente al fuego. Pensé que seria mejor no darle motivos para quedarse.
-
Amor y flagelo, respeto y vergüenza, vejez y orgullo, experiencia y asfixia.
-
¿Los amó?-
-
Por instinto-
-
Cuando duerme, ¿Qué sueña?- Me hubiera gustado preguntarle lo mismo a él, pero
no lo hice, solo le contesté.
-
Que nazco, que crezco, que soy, que fui, que envejezco, que muero, que contesto
preguntas.- ¿O son pesadillas? Nunca lo sabría.
-
¿A que le tiene miedo?- Sentí como el Soñador se relamía los labios, esta
conversación no era como las cientos que había tenido.
-
Al ser humano, a su capacidad de hacer el mal y el bien sin siquiera notarlo. A
dejarse llevar por razonamientos desparejos que solo sirven de cuartada para
que el tiempo corra y el cuerpo se marchite sin sentirse desdichados.
-
¿A algo más?- Me preguntó, como si lo hubiera decepcionado con mi última
respuesta.
-
Si, a muchas cosas más. A la ciega felicidad, a llorar sin razones, a perder el
camino y darse cuenta solo por los golpes, a crear, a destruir, a tenerle miedo
a todo. Al temer mismo podría decirse. Ah, ¿le mencioné que le tengo terror a
las hojas en blanco y a las arañas?-
Los
duendes volvieron a hacerse notar. Esta vez refunfuñaron, gruñeron y hasta los
escuche ladrar. Me odian, los sentí en la nuca.
-¿Considera
usted que sufre algún trastorno mental?- Algunos consideran que decir la
palabra “Loco” es ser poco académico. Yo no.
-
¿Me pregunta si me acuesto seguido con la locura?-
-
Si quiere llamarlo así…- Se hice cargo de mi corrección, casi culposo. Me
agradaba mucho este inocente Soñador.
-
La locura es un arma, un camino, una salida, una vida, un click, un detonante y
a su vez una paz superior. No le tengo miedo, sino se la hubiera nombrado
antes, le tengo respeto. Creo que fue juzgada antes de tiempo. La razón le ganó
de mano y se hizo con el trono de “lo correcto”.
-
Entonces, ¿Se considera preso de la locura?- Sus ojos soñadores debieron
brillarle de placer, pensó que estaba
por llegar a donde siempre quiso hacerlo.
-
Si fuera americano y usted europeo, yo lo llamaría extranjero. Pero, ¿Cómo me
llamaría usted a mí? El loco y el cuerdo, ¿no le parece que solo es cuestión de
mares y costas?-
Ni
el Soñador ni los Duendes. Todo es silencio. Mis palabras retumbaron en sus
cabezas, la duda estaba naciendo en sus corazones. La herida estaba hecha,
tendrán algo que compartir con sus almohadas esta y muchas otras noches.
-
¿Usted es un asesino?- Mi encuestador no soportó reflexionar en público, por
eso me atacó como mejor puedo.
-
Claro, tuve un hijo- y yo volví a golpearlo en la frente.
-
No…no comprendo- Tartamudeó, estaba débil.
-
Más problemas de extranjeros y costas. Dar vida, ¿no podría ser también dar
muerte? En resumen, vivir es un camino hacia morir. ¿Estamos naciendo o
comenzando a fallecer? Para ser un asesino se requiere quitar una vida, yo
pulse el botón que dio inicio al gran engranaje del tiempo, que, segundo a
segundo, esta matando a mi hijo-
-
Yo me refería a la señora Parker- No Soñador, no te enfades conmigo.
-
En ese caso aceleré el mecanismo que hace muchos años otro asesino había dado
inicio- decidí contestarle lo más claro que pude hacerlo, no quise que por sus
orejas comenzara a salir humo.
Los
Duendes otra vez hablaron, en voz baja y entre ellos. Me odiaban, me odiaban
mucho mas cuando me descubrieron sincero.
-
¿Por qué lo hizo?- Una pregunta que no solo le sirvió para su trabajo, sino que
la necesitaba, no iba a poder soportar no tener respuesta.
-
Porque vi en ella demasiadas cosas malas. Soledad, angustia, risas falsas, ropa
planchada, ojos pintados al medio día, lagrimas censuradas, temor, locura
enjaulada, normas absurdas, sueños imposible, y por sobre todas las cosas,
ganas de morir.
-
¿Se cree capaz de juzgar usted mismo sobre la vida de los demás?- El Soñador
usaba la voz del dolor, debió haber perdido recientemente a alguien que amaba.
-
No siempre, pero en este caso todos los poros de su piel me hablaban, mejor
dicho, me suplicaban: “mátame, mátame, ella es cobarde, ella no me quiere,
mátame, mátame”. ¿No le parece que fue un buen gesto de mi parte?
Voces
y más voces, insultos, enojo, ira. Los duendes deseaban mi muerte, aunque dudo
que ellos supieran escuchar como yo lo hago.
-Creo…creo
que es todo- El Soñador ganó la batalla que vino a disputar. Pero a pesar de
eso se va más herido de lo que cree. Se alejara de las armas por mucho tiempo,
si es que alguna vez puede volver a levantar los brazos.
Yo
aún no estaba del todo satisfecho, tenia una última bala de plata en mi
revolver y dispuse a usarla.
-
¿De verdad? Por un momento pensé que sus ansias de aprender a como quitarse de
encima esas cadenas que cubren su pecho, que no solo lo atrapan, sino que
evitan su más básico sentido de libertad, eran mucho mas fuertes que una mente
centrada en hacerme decir lo que todos sabemos que es verdad. Pero en fin,
piénselo, tendrá tiempo, si es que sus poros no se encuentran por accidente con
otro como yo, con otro despierto- Le sonreí sin esperar respuesta. Segundos más
tarde una voz grabe decidió donde pasaré los próximos años de mi vida.
La
mano fría vuelvo a tocarme y guiarme. Apretó mi brazo cada vez más fuerte,
usando sus dedos como tenazas. Me odiaba por no querer verlo, me despreciaba
por tener cerrado los ojos y depender aún más de los suyos. Me odiaba, si, pero
me temía profundamente. Tenía miedo a que sus poros me dijeran lo que su boca y
sus manos se esforzaban por disimular.