viernes, 12 de marzo de 2010

Solo me falta plantar un arbol y traspasar mi apellido...

El día que murió la destreza® - Mariano Neves

Bueno, la mayoría lo sabe porque me ocupe de contárselos (o simplemente no puede evitarlo) lo que en principio iba a ser una historia corta o por lo menos NO extensa, resulto en lo que con modestia llamare "Mi primer libro", confirmando que no sera el ultimo (ya sea de acá a los próximo días o años). El mismo cuenta con 58 carillas de lo que espero sea una interesante historia para ustedes. El formato es .pdf (Adobe reader, http://get.adobe.com/es/reader/) y el servidor Megaupload.
Sin mas preámbulos, este es mi primer criatura, espero que sea de su agrado.


"En un lugar donde las desgracias no sorprenden y las alegrías son efímeras e inexistentes, cuando el despotismo es tan común que parece ser aceptado, un rey, el dueño del poder, se supera a si mismo inventando una ley definitiva. Una nueva ola de fatalidades se dispone a sumergir a todo un pueblo en un desesperante laberinto de sensaciones benignas. Forzar a cada individuo a descubrir rincones y sombras interiores totalmente inexploradas.

Pero… ¿Y si en castigo se encuentra una felicidad en un nivel totalmente diferente del acostumbrado? ¿Se podria considerar real o solo imaginaria?, ¿Seria capaz un desventurado de olvidar todo y comenzar de nuevo, desoyendo los gritos del recuerdo e ignorando las imágenes de una memoria que no quiere olvidar?"


Gracias. Totales



domingo, 14 de febrero de 2010

La que señala la muerte

Mosca

Una mosca se posa sobre la inerte boca
analiza y juega sobre la tensa superficie
que hace no mucho la naturaleza tiño de un palido violeta
todo se detiene, nada cambia.
Solo una mosca sobre un labio
solo un insecto sobre un muerto
Una imagen simple, burda
pero que a su vez transmite demasiado
Un olor fétido que, aunque no siento aun, se que existirá
esta ahí, firme, nauseabundo, natural
La sensación de pena es algo que ningún testigo podría negar
Solo una mosca sobre un labio
la teoría del nacer y el morir
El tiempo de repente me oprime, se vuelve escaso
un cuerpo como caparazón y su existencia piramidal
emprendiendo una subida furiosa, casi al trote
y que al caer extiende los brazos, para hacer todo mas lento,
aunque siempre conociendo el destino final
Solo un insecto sobre un muerto
El blanco de lo inmóvil ya vistió su piel
la libertad del derrotado casi puede verse en su rostro
Pensé en ahuyentar a su huésped, pero seria inútil
es llamada por algo mas que simple curiosidad
una consecuencia mas de un corazón finalmente en paz
Que estrecha parece la vida cuando el cambio llega tan fugaz
La imagen llena mi alma de deseos, transmutados, confusos
Vivir, morir, nacer tal vez, ¿es todo lo mismo? no lo se
Mejor me voy, antes que las lagrimas decidan brotar
Recuerdo salir por la ventana y guardar el puñal
quemar la ropa, darme una ducha e intentar dormir
No sin antes cerrar todas las ventanas
no vaya a ser que algo se pose sobre mi boca.
Mi risa hace eco en la soledad, me trato de tonto a mi mismo
Solo una mosca sobre un labio.




domingo, 24 de enero de 2010

Un brillo melancolico puede ensombreser una vida

Mirada triste


Si me preguntaran cuando lo supe, simplemente me encogería de hombros, despreocupado sobre una cuestión que nunca llamó mi atención. Si me forzaran a contestar, con insistencia o violencia, diría con tono nervioso “no lo sé, siempre fue así”. ¿O acaso el narigón reconoce el momento preciso en que su nariz se convirtió en foco de atención para las miradas ajenas? Yo no fui la excepción, mis ojos siempre fueron de la misma forma.

Seria mas acorde pensar, ahora que me obligo a hacerlo, que la reacción de los otros me

convierte en lo que soy, y no yo mismo. Me transforman, por mas cruel que suene, en una persona de ojos tristes.

Por entre la niebla de mi mente se acerca un recuerdo empírico. Como si fuera un automóvil paseando por rutas invisibles y llenas de incertidumbre, sin otro abrigo que la noche y el miedo a lo improbable. Un pasado, un comportamiento. Recuerdo comentarios, amigos de mi madre y padre que se expresaban con palabras bonitas, pero a su vez antagonistas de las expresiones de sus rostros “Que chico dulce, se parece a su madre”, “Será fuerte y valiente, si se contagia de su padre”.

Sus comentarios eran bienaventurados, pero sus visitas cada vez mas esporádicas. Primero nos visitaban con todos sus hijos, de distintas edades y portes. Luego lo hicieron solo con sus hijas, esperando que alguna se ganara la atención de mis padres para futuros compromisos matrimoniales. Hasta que finalmente, su contacto fue simplemente telefónico, haciendo malabarismo entre mentiras y excusas para no presentarse físicamente, pero a su vez rogando no perder contacto con nuestra rica familia.

Mi educación también fue un problema. Dadas las circunstancias siempre las autoridades encontraban una pretexto para mandarme de vuelta a casa o suspenderme algunos dias, sin importarles realmente que yo haga o no algo acorde a la sanción. Mis compañeros intentaban ignorarme, pero no resistían la tentación de prestar atención a cada uno de mis movimientos, con una mezcla de miedo con odio. No entendían lo que mi sola mirada les provocaba, pero sentian que no les gustaba. ¿Acaso alguien entiende a la tristeza? No lo sé, pero ellos, al igual que yo en ese momento, éramos solo niños.

Nadie tomó la decisión directamente, ni siquiera escuche a mis padres discutir del tema, siquiera hablarlo, pero la escuela dejó de ser un lugar para mi. Comenzaron a visitarme asiduamente distintos profesionales, desde matemáticos y químicos a filósofos e historiadores, todos con la intención de darme una lujosa educación, todos se sorprendieron al conocerme. Tal fue el efecto de mis ojos tristes, que sus visitas, tan bien pagas para ellos como largos meses de trabajo en cualquier otro lugar, dejaron de ser insistentes, para ser remotas, y hasta nulas.

Así fue como mi mundo se sumergió en un mar de libros de todo tipo, desde novelas clásicas hasta teorías evolutivas de lo más eclesiásticas, pasando por historia medieval hasta desembarcar en ensayos sobre lo bello que seria el mundo si no existiera el color gris. Todo era valido, aprendí que de todo se aprende. Mi vida resultó ser una balsa a la deriva, dond

e todo lo que se veía alrededor era agua, agua de páginas y palabras escritas que gritaban con voz acuosa ser parte de mi tiempo y de mi mente.

No puedo realmente saber cuantas enciclopedias midieron mis años, cuantas historias grabaron mis soles, lo cierto es que hubo un instante, tan mágico como cataclísmico, en que me descubrí entrando en una edad en la cual las responsabilidades no podían resbalar mas por sobre mi cuerpo y caer en el de otra persona. Esa misma tarde, cuando el piso bajo mis pies tembló de un modo invisible, me acerque a mis padres y les dije con la voz del que no habla hace decadas: “tengo que irme, esta casa ya no es mi casa, y esta mirada, tan mía como nada, no será más un hijo bastardo para ustedes”.

Mi madre no habló, pero lloró por dentro y por fuera. Mi padre asintió aliviado y triste, no solo por los efectos de mis ojos, sino por no haber tenido la valentía de pedirme él mismo que me fuera. En ese instante un flash iluminó mis sentidos, ¿Hacia cuanto tiempo que no v

eía a esas dos personas? ¿En que momento deje de cenar con ellos para pedir que me dejaran la comida en la puerta de mi cuarto?, no lo sabia, quizás hacia años que mis padres no me miraban a la cara, y por lo tanto, que no sentían tanta tristeza.

Lo entendí, junte mis cosas y lo volvi a entender. Una mucama temblorosa se acercó hasta mí, justo cuando estaba por traspasar el umbral de mi hogar para nunca mas hacerlo, me dio un sobre lleno de dinero y se metió nuevamente en la casa, tan rápido como su mancillado cuerpo le permitió hacerlo. Sonreí y me fui. Mis ojos tristes contagiaban tristeza, siempre lo hicieron y siempre lo haran. La gente lo sabia, lo sentia, todos y mis padres también, esa mucama, la gente de la escuela y los universitarios, todos lo sentían cuando yo los miraba, y nadie quiere sentirse triste.

Mis ojos no eran los de una persona triste, yo no lo era. Pero si transmitían esa sensa

ción. Expandía a mi alrededor, a toda persona que me mirara, un virus emocional altamente repelente. ¿Cómo combatir a la tristeza sin estar triste? El dilema de mi vida, una batalla absurda y aburrida, sin desenlace y con resultado a la vista, uno desventajoso para mi.

Que tonto fui, que ciego, debí haberme ido hace tiempo, por amor y por odio. ¿Cómo echar a tu propio hijo solo porque al verlo se te congela el alma, se te contrae el pecho, se te eriza la piel? Que dilema habrán tenido por mi culpa mis padres, cuantas discusiones, cuantas lágrimas, cuanto egoísmo justificado. Pero ya no, se terminaba para ellos, “Adiós, no los culpo y los amo” pensé y dije en voz alta antes de irme. Si fui escuchado nunca recibí respuesta. Solo se que cuando dejen de llorarme, se sentirán felices.