lunes, 18 de mayo de 2009

Cuentin, reflexion, descargo quizas

Tengo otro dia, quizas dos.

Suena el despertador, mi inconciente sabe que son las siete de la mañana en punto. También sabe que es el primer eslabón de una serie de formas de despertarme. De un movimiento torpe, tomo el control remoto con mi mano izquierda y apreto el botón “Power”. De pronto, la misma voz que todas las 
mañanas, ese periodista chillón, me recuerda la hora que es, el clima y algún que otro desastre que pudo ocurrir durante la noche. Intento ignorarlo, volver a sumergirme en esa nada tan deliciosa. Suena la alarma de mi celular, el segundo eslabón, ese me indica que pasaron quince minutos desde mi primer movimiento, y que ya es hora del segundo. Así que obedeciendo su música, me incorporo somnoliento, apago la alarma y prendo la luz que esta sobre la cama, luego vuelvo a acostarme, colocando el celular sobre mi pecho. La voz chillona vuelve a repetir el clima, hoy va a llover. El tercer y último accionar en mi plan para derrotar al sueño finalmente es ejecutado. Nuevamente la alarma de mi celular suena impaciente, esta vez acompañada con una pequeña vibración que parece una sacudida maternal. Como si fuera un robot, como si mi cuerpo fueran simplemente circuitos estrictamente programados, finalmente me despierto. Me incorporo, desperezo y busco en el último cajón de mi mesa de luz un bóxer no demasiado roto. Cuando lo encuentro, siempre con algún grado de dificultad, me dirijo al baño, no si antes escuchar al periodista nuevamente, hoy va a llover. Una vez dentro del baño, estiro la mano por detrás de la cortina y abro la llave del agua caliente, siempre en igual medida, así no tengo que compensar abriendo la fría. 

Mientras espero que el agua se normalice, y forme en la bañera una superficie acuosa que proteja a mis pies del crudo frió del mármol, mi vista se pierde en el espejo. Este siempre suele ser un momento extraño, de encuentro con alguien que se que soy yo, pero no es el mismo. Abro la boca y examino mis muelas, saco la lengua para ver si también esta en orden. Con mi mano derecha llevo como puedo mi pelo hacia atrás mientras pienso “soy un impresentable”. Me desvisto con una rapidez sorprendente para la hora y de un pequeño salto me someto a la voluntad de la ducha. Dejo que mi espalda soporte la presión mientras un pequeño jabón guiado por mis manos repasa mi cuerpo sin deparar en detalles. Miro hacia arriba y dejo que el potente roció artificial golpee directamente mi rostro, abro la boca, dejando que se inunde, la cierro y escupo el contenido. Mi pelo huele a mujeres que nunca supe su nombre, mi boca a licores que ya no puedo recordar. Una sonrisa picara se dibuja en mi rostro, quien sabe porque. Luego de lavar y en enjuagarme el pelo, cierro la llave de agua y procedo a secarme con la toalla que intencionalmente se encuentra a mi alcance.

Una vez sin gotas de agua sobre mi, me visto rápidamente. Igual que ayer, solo cambiando de buzo. Agarro la billetera, el celular, monedas, apago las luces y el televisor. Salgo de mi casa, no sin antes recoger el paraguas en la entrada. Hoy va a llover. Unos minutos más tardes, los que me llevo caminar tres cuadras hacia la parada del colectivo, me encuentro esperando la línea 92 con un par de monedas en la mano. Mientras espero, observo a la gente que comparte esto conmigo. Los conozco a todos, aunque nunca hable con nadie, siempre toman el 92 a esta misma hora. Es una situación peculiar, estar parado entre extraños que no lo son tanto, que saben que vivo cerca de aquí, que saben en que parada me bajo y seguramente hasta donde trabajo. Obviamente yo también se eso de ellos y mas. Por ejemplo, ahí esta la señora mayor rubia, y como siempre no respetara la cola y ni bien llegue el colectivo intentara subir primero, y si no lo logra, clavara su mirada de pestañas postizas en todos nosotros obligando nuestro débil “suba” para cederle el paso. También reconozco a ese veintiañero, luciendo impecable traje y anteojos de sol en días como el de hoy. Siempre, arriba del colectivo,  llama con su celular a algún amigo, para contarle sus conquistas nocturnas por Chat. Por ultimo tenemos a la bella secretaria, de mirada triste e impecable maquillaje, sin anillo de bodas pero con miles de hombres que la miran mientras camina. A veces pienso en hablarle, preguntarle porque sus ojos destilan tanto malestar, pero caigo en la cuenta que dejaríamos de ser extraños conocidos, para ser extraños entrometidos, y ese cambio no lo creo favorable para nadie, cierta magia se perdería al intercambiar aunque sean pocas palabras.

Por fin llego a la oficina, saludo al guardia y le hago algún comentario deportivo al pasar. Como todas las mañanas saco un horrible café de la maquina expendedora. Como todas las mañanas entro al pequeño gabinete de dos escritorios y ella se encuentra sentada frente a mí. Me saluda afectivamente mientras deja su abrigo sobre el perchero y dice las palabras de siempre para estos días “¿Te mojaste?” y yo responde según el protocolo “No, traje mi paraguas”. Mi relación con ella es muy buena, tanto en lo laboral como en lo personal, aunque nunca nos encontramos fuera de este edificio. Nos pasamos horas hablando de cualquier estupidez que se nos pueda ocurrir, mientras nuestras manos tipean cosas ya sin sentido y nuestra cabeza se divide entre letras e hilos de conversación. Llegadas ya una hora antes de terminar nuestro horario laboral, nuestras bocas y mentes saben que desde este momento vamos a hablar de sexo. Entre chistes y risas, muecas y miradas, básicamente describimos lo bien que lo pasaríamos juntos en la cama, sabiendo ella que nunca se dará y sabiendo yo que algún día lo haremos.
 Finalmente terminado mi horario, me despido de mi candente compañera y me dirijo al mismo bar que todas las noches, seguido por un hombre de otro de los sectores del edificio, con el cual nos llamamos “amigos”. Ambos entendemos lo falso de esta descripción y que simplemente nos usábamos mutuamente para no tener que ir a tomar unos tragos en la más triste soledad. Nos sentamos en la mesa de siempre y para empezar, pedimos unas cervezas. Conversábamos de temas triviales y falsas grandes experiencias cuando mi compañero de excusa me hace notar que desde una mesa vecina dos señoritas nos están mirando y riendo entre ellas. Como respuesta a esto, actuamos como siempre, cada uno tenia su modo de proceder. Yo levante la mano a la moza pidiéndole cuatro shots de aguardiente, mientras mi “amigo” se dirige a la mesa femenina invitándolas a acercarse. Todo resultó como el pasado lunes, como ayer, como siempre. Pocos minutos después mi compañero estaba bailando con una de las lindas jóvenes, untando de besos su cuello y perdiendo una mano en su espalda. Mientras que yo, aferrado firmemente a un nuevo vaso de un misterioso licor, escucho palabras sin importancias de una mujer que esta sentada sobre mi regazo. Y así es como es, con un nombre que pregunte y nunca me importo, con una procedencia de quien quiere saber donde. Nos dirigimos a un hotel para hacer eso que bien falta nos hace, cuando el humo de un bar y el néctar del alcohol contaminan nuestros cuerpos. Dos horas siempre me parecieron mucho tiempo. Entre el sexo, el cigarrillo y la ducha siempre me terminan sobrando unos incómodos minutos, donde me encuentro acostado en una cama sin frazadas, abrazado a una mujer sin identidad. Miro nuestros cuerpos desnudos por el espejo del techo y me sumerjo en mis pensamientos. La imagen de dos anónimos simulando cariño eterno, no importa cuantas veces la veas o vivas…siempre me resulta peculiarmente extraña y fascinante a la vez. Finalmente suena el teléfono milagroso y una voz tan ronca como salvadora dice: “Termino el turno”.
Una vez en la calle, paro un taxi para mi compañera de placeres, y disimulando un beso en los labios, la despido. Yo volvería caminando, todo era parte del plan, siempre el mismo hotel, siempre cerca de mi departamento. Caí en la cuenta que olvide el paraguas en la oficina, maldigo al aire, olvide que hoy llovería. Finalmente llego, tambaleante, a la puerta de entrada de mi edificio. Como puedo abro la puerta y rezo por no encontrarme con ninguna vecina. Entro en mi departamento y me lavo los dientes e intento no tragar demasiada pasta dentrìfica. Agarro una botella de agua de la heladera y la bebo furiosamente, hasta que el frió me lastime en la sien.
Me desvisto con la precisión que solo la costumbre puede darte y me desvanezco como herido por puñal sobre la cama, no sin antes activar los eslabones del despertar. Y aquí estoy ahora, esperando que el sueño me ataque, pensando, solo pensando, repasando mi día, igual a todos los demás. ¿Será que soy victima de una cruel rutina? ¿Que debo cambiar radicalmente mi vida? ¿O tal vez soy feliz así?, No lo se, mañana lo pensare, como hago todas las noches mientras reposo como herido por puñal. Espero que mañana no llueva, no tengo otro paraguas.

FIN.


Pd: La foto la saque de www.brunoferias.blogspot.com, dibujos de un flaco que no conosco pero me re coparon.

sábado, 9 de mayo de 2009

Pensamiento. Hablando en voz alta conmigo mismo...

Dudo, luego existo.

Creo en la duda como algo irrefutable, algo necesariamente adictivo y envenenado. ¿Quién no a dudado de las cosas más ciertas? ¿Quién no le ha dado la espalda a la razón simplemente por suposiciones que para otros pudieran resultar absurdas? Es una enorme enemiga

Imposible de vencer una vez instalada en la cabeza del maldecido. Ni la más pura de las verdades puede llevarla a la extinción. Siempre existirá. Aunque pueda ser olvidada, ella esta al acecho de la menor grieta en la realidad. Volverá a renacer, sagaz, poderosa e irrefutable.

¿Qué seria el mundo sin la duda? Pensar en esto solo me hace sentirme inseguro, paradójicamente, dudar de todo lo que creo. ¿Conocemos realmente nuestro origen? ¿Tenemos memoria visual y real del momento en que la unión entre dos seres vivos dan comienzo a lo que meses después seremos nosotros? Claro que no, solo lo sabemos, solo nos lo dijeron. La duda nacerá, la duda vivirá, la duda esta siempre ahí, latente.

¿La religión esta acaso exenta de ella? Claro que no, es acaso el ejemplo más claro de su inmortalidad. Aunque también nos da noción de la existencia de su peor enemiga: La negación. Pero, ¿es acaso la negación considerada como un sentimiento racional? No, la negación consiste en la absolución de la realidad para con nosotros, es sinónimo de la muerte del hombre como ser pensante, de su mente y sentido de todo lo conciente. La duda, en cambio, es compatible con otros sentimientos.

Nada ni nadie podrá despojar a dicha pregunta venenosa de lo que alguien alguna vez dijo ver. La historia misma, en todos sus aspectos, esta en duda, ¿Por qué? Se preguntará la persona menos desafiante. Porque nadie puede estar seguro de nada cuando no se quiere estarlo, no negándolo, simplemente dudando.

La mentira podría ser el fuego que inicie el incendio de lo inseguro. Pero no es su creador. Aunque la duda se jacte de tener varios: la mera posibilidad de la NO verdad; un presentimiento, efímero como solo él sabe serlo; no experimentar por uno mismo el hecho; las miles de posibilidades que siempre existen en todos los aspectos de la vida; la lucha cruel entre la casualidad y la causalidad; todos son motivos de duda, todos son excusas para que sigamos pensando.

Y así llego a algo concreto, creo, dentro de lo factible. La duda es posiblemente el simbolismo, la alerta, el cable a tierra que tiene cada ser humano para ser considerado racional. ¿Acaso las computadoras dudan? Claro que no, Porque siguen un formato, un ordenamiento de patrones que le exigen reaccionar de X forma ante un mando especifico. ¿Porque deberíamos de no dudar nosotros acaso? La intriga por lo preestablecido no es una duda enferma y mortal, sino una luz que nos despierta como humanos que somos. Seres pensantes y reflexivos, con un brillo en los ojos que le demuestra al otro la fuerza de nuestras ideas.

Razonar es humano, la intriga es humana, Dudar es humano. ¿Será que somos más humanos apartir de no saber nada con seguridad?