La fecha estaba acercándose, los días se secundaban de uno en uno siguiendo el orden natural del tiempo. El carnaval estaba llegando. Pero este año, no era como cualquier otro, no significaba simplemente cerrar los negocios más temprano, salir a la calle a saludar al vecino, o no enojarse si algún niño travieso te mojaba por accidente. Esta vez sería distinto, o como antes, según contaban los más viejos.
Hacia un tiempo, cuando el tren todavía funcionaba y recorría casi toda la Argentina, una de sus estaciones se llamaba Astica, igual que el nombre del pueblo. Sus habitantes eran tan alegres que no se conformaban con simples festejos de carnaval, sino que se organizaba un gran circo para todo aquel vecino de otra localidad o visitante que quisiese disfrutarlo.
Todos los habitantes debían hacer algo. Aquellas mujeres que sabían cocer levantaban grandes carpas. Los fornidos muchachos hacían pruebas de fuerza mientras las ágiles señoritas demostraban mediante coreografías su gracia juvenil, hasta los más ancianos organizaban juegos de azar. En fin, todo Astica esperaba ansioso el comienzo del carnaval.
Sin embargo, había alguien que lo hacía más que el resto. El mismo que en aquellos años de esplendor se convertía en la atracción máxima del circo, sin competencia alguna: el mago Kadabra. Era el apodo de Pascual, un muchacho que con sus movimientos vivaces y sonrisa completa encantaba los ojos de los adultos, regaba la fantasía de los niños y provocaba los suspiros de las mujeres jóvenes. Era tanta la repercusión que Kadabra tenía, que Astica se convertía en una parada obligada cuando se viajaba en tren, no había turista que no anhelara conocerlo.

Pero los rieles se oxidaron, el tren dejó de pasar y Astica se quedó sin circo y sin mago. Aunque el pueblo siguió festejando el carnaval, lo hizo de la manera tradicional. Pasaron el tiempo y los años, que no vienen nunca solos, sino que arrastran una estela que todo lo cambia. El joven Pascual, aquel galán pueblerino de los ochenta, ya no era el mismo. La vida y un par de malas apuestas lo habían dejado en la ruina financiera, y aunque todos en el pueblo se preocuparon de que nunca le faltara para masticar o beber, su mejor amigo empezó a ser el vino, aquel que le sacaba de encima el frio del invierno y de la soledad.
Hasta que un día llegó la noticia, aunque nadie supo quién la dio ni porque la supieron cierta al instante. El tren volvería a pasar después de décadas, gracias a esto Astica volvería a llenarse de caras nuevas y por supuesto, el circo debía estar ahí para recibirlos.
Ni bien se enteró de las buenas nuevas, a Pascual se le llenaron los ojos con un brillo de estrellas. Gritó como el viento y corrió con toda su voz.
- ¡Que la notica se sepa! ¡Nadie calle, todos avísenle al vecino!-
- ¿Qué noticia don Pascual?- preguntó una señora, mientras colgaba la ropa.
- ¿Qué quiere que le diga al vecino don Pascual?- quiso saber un niño que lo seguía alegre en la marcha.
Y así fue. El mago Kadabra estaba durmiendo cuando el ruido del tren lo despertó. Saltó y aulló de felicidad. Recorrió el pueblo a la velocidad que sus años lo dejaron, para después encerrarse en su humilde y descuidada casa, donde desempolvaría un espectáculo que su memoria había repetido incontables veces a lo largo de los años.
Los días pasaron y no se vio por las calles de Astica a Pascual, pero nadie se preocupó demasiado, sabían que este momento era tan importante para él que no iba a compartirlo con nadie.
Cuando el gran amanecer llegó, las calles del pueblo se convirtieron en una ensalada que mezclaba a los conocidos de siempre con visitantes muy ocasionales, así como también muchas caras completamente nuevas guiadas por el rumor de un circo de pueblo que sorprendía por su brillo.
La ternura y la nostalgia invadieron todo el aire. Aquellos que de niños habían disfrutado las actividades del circo, ahora veían con lágrimas en los ojos cómo sus hijos y nietos ocupaban ese lugar. Lo habían logrado, el circo volvía después de tantos años.
Cuando la noche se hizo dueña del día y la luna ocupó su lugar en lo más alto del cielo, todos los presentes se juntaron en la carpa. Despacio y sin que nadie les indicara los más pequeños se sentaron en semicírculo, mientras que los mayores de pie más atrás.
Un bombo torpe sonó y entre telas añejadas hizo su esperada aparición el mago Kadabra. Don Pascual vestía un traje gastado que había sufrido tanto el ataque de las polillas como un esfuerzo sobre humano para ser revivido. Aquella sonrisa que alguna vez supo ser recta y cautivadora no era más que un piano pequeño, donde los bemoles eran huecos y las pocas teclas de un color amarillo tabaco. Algunos murmullos se escucharon en las voces de los visitantes, pero a nadie le importo.
- Bienvenido amado público, lo que ustedes están por presenciar no se ve en la televisión. Hoy serán testigos de que la fantasía existe y la magia todo lo domina.-
Todos aplaudieron, la voz de don Pascual era agria, pero por demás simpática.
- A ver por dónde podemos empezar… ¿Cómo te llamas?- El mago escogió a un chico de la primera fila, era Marquitos, el hijo de la panadera. Todos lo conocían y sabían su nombre, pero así era el protocolo, no por ser un pueblito debían darlo todo por sabido. La timidez se hizo presente en aquel niño que no había vivido más de cinco inviernos.
- Marquitos, che, si seguís creciendo vas a ser Marcotes en un par de años- La gente se rió inocentemente, aunque don Pascual ni lo notó, las palabras habían salido sin pensar de su boca, y sin intensiones chistosas.
– Elegí por favor una carta, mirala y mostrála sin que yo la vea- Le acercó una baraja de póker que tenía en el bolsillo, el joven obedeció y volvió a guardar la carta junto a las otras.
- Ahora voy a mezclar fuerte y a soplar, usando mis poderes mágicos voy a mirarte a los ojos y ellos me van a decir que carta vieron, porque ellos saben hacer muchas cosas, pero mentir no.- El truco era viejo y por demás conocido, nadie se sorprendío y hasta algunos ya sabían que carta era. Pero lo que no esperaba nadie, ni siquiera el mago Kadabra, era que tantos años pasados, entre changas de albañil, el frio sufrido y el vino tomado, las manos del anciano se hubieran vuelto tan descuidadas y torpes, tanto que dejaron caer sin recelo toda la baraja al piso.
El pobre don Pascual se agachó rápido a recogerlas, bajo la mirada del público. Exasperado, levantó la que le parecía que Marquitos había agarrado. Pero su memoria le falló tanto o mas que sus dedos, olvidando que marca correspondía a cada carta. Las risas se volvieron rápidamente el colchón musical del espectáculo. Ya con los nervios de punta y un dolor de espalda creciente por la abrupta agachada, intentó seguir como si nada.
- Bueno Marquitos volvé a sentarte, y la próxima mirá mejor, porque los ojos no mienten, pero si se equivocan- Tomó una gran bocanada de aire intentando calmarse y continúo.
Uno tras otro sus viejos trucos, aquellos infalibles demostraciones de antaño, no paraban de salirle mal, ya sea por sus blandos dedos, su dormida memoria o porque los años no solo pasan, sino que cambian las cosas. Finalmente, decidió dar lo mejor de sí e intentar aquel que fuera su obra maestra, su truco final.
– ¿A quién le gustan las adivinanzas?- preguntó, pero no alzó la mirada para no ver las pocas manos levantadas. – Bueno entonces: “vuela pero siempre baja, nos teme pero cuando puede nos caga… ¿Qué es?” remató y metió la mano en su galera en busca de la paloma que había cazado el día anterior. De repente, un picotazo sorpresivo lo hizo saltar en el lugar, dejando que la histérica ave se esfumara en el aire.
Las risas ya eran de todos, no solo de las caras nuevas, también los vecinos locales. Hasta aquellos que el mago vio nacer se descostillaban hasta las lágrimas.
Sin saber ya que más hacer, recogió la galera que había salido volando, se inclinó en forma de saludo real y dijo: - ¡Chan chan! Espero que les haya gustado, nos vemos en el próximo encuentro mágico-.
Despacio, la gente se empezó a descomprimir, pero don Pascual no pudo alzar la cabeza, se quedó petrificado en aquella pose glamorosa rogando desaparecer, esperando a estar solo, con el frio y su botella de vino. Pero cuando se pensó solo, se incorporó y se encontró con los ojos grandes y sinceros de Marquitos. Pensó en disculparse, en prometer que la próxima vez la vejez no se notaría en el manejo de los naipes y que para mañana intentaría atrapar una paloma mucho más tranquila, o le ataría el pico de ser necesario. Pero no dijo nada, simplemente se quedó inmóvil mirando la sonrisa de oreja a oreja que el pequeño le estaba regalando. Así pasaron los segundos, hasta que aquel niño, menos alto pero más sabio, le dijo con la inocencia que solo la poca edad otorga:
- Me reí mucho hoy, mago Katrasca-
Y de pronto todo pareció tan simple como un rompecabezas, que de tan obvio nunca se armó. Don Pascual se quedó inmóvil unos instantes, como dormido. Pero cuando despertó, lo hizo de una forma mágica.
- Me alegro, Marquitos, nos vemos mañana.- revolvió los pelos del pequeño y se fue con pasos agiles, debía preparar todo para el día siguiente. En el camino a su casa no pensó en la soledad, ni en el frío, y mucho menos en el vino. El mago Katrasca tenía que preparar su próximo show.