La noche estaba perfectamente estrellada. Una gran luna llena jugaba a ser luz de los lugares oscuros. Mi barrio siempre fue un lugar tranquilo, y más a esas horas de la noche. No mas que algún que otro pobre vagabundo explorando tachos de basura o mendigando monedas para llegar a comprar ese abrigo que se llama vino.
Una fría brisa correteaba por las calles, buscando alguien a quien provocarle un buen escalofrió. Agradecí a mi mano que sin más tiempo que segundos había agarrado mi sobretodo mas abrigado. Entre tanto ajetreo, llegue a la esquina. Pensé en doblar y dar vuelta a la manzana, como siempre hacia, pero los recuerdos de esa m
ujer sonriendo sentada sobre su trono en mi casa, hizo que deseara alejarme lo mas posible por un tiempo. No respete los semáforos, ninguna auto pasaba o pasaría por ahí a esa hora, solo yo y mis amigas las mariposas. Todo podría ser perfectamente relajante, pero no lo era. Cada vez que me volteaba para mirar dentro de algún callejón, algún recodo, algún lugar oscuro. La risa, la misma, la de la muerte, resobaba desde ese sitio. Atormentando mis sentidos y empalando mi alma. Al rato note que mis pies se estaban moviendo mas rápido de lo deberían para un paseo de trasnoche. También mi cuerpo buscaba escapar de esa sensación infernal de ser juguete de alguien que ni siquiera sabia si existía realmente o era producto de mi (finalmente) insana mente.
La transpiración volvió a mi cuerpo, helada de miedo, hirviente de ejercicio. Mis jadeos se volvieron más constantes aun y mis brazos dibujaban un recorrido cada vez mas largo, en forma de péndulo, de adelante hacia atrás. Todo seguía en aumento, hasta que un ataque de tos interrumpió mi huida. Doblado hacia delante, tosía sin paz, mientras me cubría la boca con ambas manos. Cuando termine, levante alto los brazos y dando un buen respiro me cercioré de que lo que había escupido no habían sido mis pulmones.
Al salir de mi distracción, pude notar que la risa había cesado. Mire a la derecha y nada, mire a la izquierda y nada. Hasta me atrevo a decir que una leve sonrisa se dibujo en la superficie de mi cara.
Ya más relajado aunque todavía jadeando, menos pero algo, me dispuse a volver a casa. Gire en sentido contrario y las mariposas hicieron lo mismo. Logre dar, creo, no mas de media docena de pasos cuando un ruido extraño, si, otro, llamó mi atención.
Me sorprendió no sentir miedo alguno, contrariamente a la sensación que me producía esa risa libidinosa. Y, sin dudarlo, comencé a caminar hacia el pequeño y oscuro callejón desde donde es escuchan los sonidos. Cada vez mas cerca llegue a la conclusión de estar escuchando un llanto, contenido pero puramente angustiado.
Un pequeño farol colgado iluminaba la situación con una tenue luz amarilla, sumamente nostálgica. En el interior del callejón y sentada sobre el sueño, una joven me daba la espalda, lloraba sin consuelo. Su cuerpo estaba totalmente encorvado hacia delante y sus pelos rubios le llegaban casi hasta la cintura. Me quede inmovilizado unos segundos hasta que conseguí hablar: - Hola, ¿estas bien?- mis palabras sonaron con eco en ese estrecho lugar.
No recibí respuesta alguna, ni siquiera el esperado sobresalto que pudiera recibir una linda señorita al escuchar la voz de un hombre en un callejón negro a esas horas de la noche.
- Discúlpame, yo vivo acá a unas pocas cuadras, estaba paseando y te escuche- Seguí hablando sin dejar de avanzar, hasta lograr ponerme frente a ella.
Me detuve, y usando mi mejor cara de buena persona (la que creía también se había fugado con mi risa) continué – ¿Estas lastimada? ¿Hay algo que pueda hacer?-
En un instante mi sangre se estanco. Mis venas se convirtieron en tubos de refrigeración. Mis ojos se abrieron tanto que parecían dos pálidas monedas.
Ella, sin reaccionar a mi presencia, tenia sus dos manos sobre la entrepierna, y entre ellas, un revolver apuntando directo a su estomago.
Mi cuerpo sufrió un temblor y se desplomo como si la gravedad de la tierra hubiera aumentado de golpe. Qued
e en posición felina de frente a la muchacha, que ni siquiera levanto la vista, seguía llorando sin consuelo.
-N-n-no lo hagas, no vale la pena, seguro yo te puedo ayu…- mi voz temblorosa fue interrumpida por la de ella.
-Soy un desastre, mi vida es un desastre- dijo, entre mocos y lagrimas costaba entenderle. –Mi familia no me entiende, él no me quiere, ¡estoy completamente sola!- su mentón se elevo hacia mi, aunque sus ojos se apretaban para no ver (o no dejar escapar mas lagrimas).
- ¡No seas tonta! ¡Nadie esta realmente solo!- Al escuchar eso con mi propia voz me di cuenta que mentía. Si se podía estar realmente solo, yo lo estaba desde el accidente. Estaba totalmente solo bailando con la tristeza de un brazo y con las mariposas violetas del otro. Pero no era mi intención empeorar más la ya trágica situación, así que apoye mis manos sobre los hombres de la bella joven y sin asombrarme esta vez de ser ignorado, me dispuse a dar un discurso sobre lo hermoso que es el vivir. Y luego prepararme a arder en las llamas junto con los peores mentirosos, esos que dicen una cosa y piensan otra.
- Siempre hay cosas por las cuales vivir, simplemente algunas personas son mejores que otras en encontrar estos motivos- pensé en lo convincente que sonaba y eso me dio fuerzas para continuar. –Hay gente que encuentra a su familia en los extraños, hay gente que muera diez veces por amor y se da cuenta que la onceaba vez logro renacer con mas fuerza, hay gente que logra…-
- ¡No quiero a este bebé! Que entupida fui, como pude arruinarme así la vida- gritó con el alma, angustia y dolor.
En un instante rápido pude ver como sus frágiles dedos apretaban el arma y la levantaban un poco mas apuntando a su pecho. No supe que hacer, uno ve tantas películas, pero cuando la situación lo apremia se queda obnubilado como un niño en carnaval.
No encontré razón en mis actos, solo encontré actos. Quizás mi instinto animal, lo que Freud llama el “Ello”, entendió que una muestra de cariño podría hacer reaccionar a esa chica. Así fue, como sin pensarlo, la bese. Mientras lo hacia sentí una sensación extraña, un leve cosquilleo en mis labios, no llegaba a ser ardor, pero si
un intenso calor. Nunca aparte la vista de ella, ni cuando mi boca se posaba sobre la suya. No me miraba, tampoco cambio de expresión, seguía ignorándome.
De repente, un ruido seco retumbo con fuerza, dejando un poderoso zumbido en mis oídos. Un disparo. Seguido a este, la joven cayo como impulsada hacia atrás, dando su cuerpo un gran golpe de espaldas contra el suelo. La sangre se le escapaba como una colonia de hormigas rojas por la mortal herida, justo sobre la boca del estomago. La calle oscura se teñía rápidamente de un rojo triste y seco, y con ayuda del farol amarillo, la situación se volvía de lo más impactante. Ella había muerto entre llantos y angustia, llevándose consigo a su futuro hijo.Ahora era yo, el que con el cuerpo encorvado hacia delante y sentado en el suelo, temblaba sin consuelo. <
-Acepta la muerte-
Cuando levante la mirada, ella estaba ahí, la dama de negro, parada frente a mí repitiendo lo único que m
e había dicho en toda la noche.
Junte fuerzas para volver a contestarle. Cuando de repente una verdad golpeo mi nuca con una frialdad digna de verdugos. Finalmente el miedo pasó, la transpiración helada dejo de sentirse sobre mi espalda. Mis ojos miraban la nada, que parecía estar reposada sobre el suelo.
No pude detenerla porque yo ya no soy de este mundo. Ella no me ignoraba, simplemente no me sentía. No era su muerte, o la de mi esposa, la que la dama me pedía repetidamente que acepte, sino la mía. Todo se volvió tan claro como el agua de río. No era yo el que, desde el accidente, había evitado estar o hablar con otras personas, sino que ellas lo habían hecho conmigo. Por eso podía ver las mariposas, porque eran mensajeras de
Tembloroso, logre incorporarme. Mire primero mis manos abiertas y luego a la dama de negro, que seguía junto a mi, atravesándome con su mirada.
- Lo acepto, llévame con ella- Mi voz, por primera vez en muchos días, sonaba de lo mas natural, hasta me atrevo a decir que llevaba una matiz de victoria.
Ella sonrió y desapareció.
Sentí como mi cuerpo se aligeraba, perdía todo su peso de una sola vez. Mire mis manos y estas se pusieron a brillar tenuemente. Me daba la sensación de estar flotando levemente sobre el suelo. Mis extremidades parecían acortarse, contraerse contra mi torso, que también disminuía. Sentí una calidez en el corazón parecida al amor.
<
Estaba cambiando, no muriendo. Sufriendo una metamorfosis única en apariencia y sensaciones. Duro unos instante más y finalmente acabo, en ese momento lo entendí todo. Yo había cambiado, finalmente era una mariposa violeta.
Fin.