lunes, 13 de octubre de 2008

Cuento

Una Mariposa Violeta

Capitulo 3 de 3: Vivo pero Muerto

La noche estaba perfectamente estrellada. Una gran luna llena jugaba a ser luz de los lugares oscuros. Mi barrio siempre fue un lugar tranquilo, y más a esas horas de la noche. No mas que algún que otro pobre vagabundo explorando tachos de basura o mendigando monedas para llegar a comprar ese abrigo que se llama vino.

Una fría brisa correteaba por las calles, buscando alguien a quien provocarle un buen escalofrió. Agradecí a mi mano que sin más tiempo que segundos había agarrado mi sobretodo mas abrigado. Entre tanto ajetreo, llegue a la esquina. Pensé en doblar y dar vuelta a la manzana, como siempre hacia, pero los recuerdos de esa m

ujer sonriendo sentada sobre su trono en mi casa, hizo que deseara alejarme lo mas posible por un tiempo. No respete los semáforos, ninguna auto pasaba o pasaría por ahí a esa hora, solo yo y mis amigas las mariposas. Todo podría ser perfectamente relajante, pero no lo era. Cada vez que me volteaba para mirar dentro de algún callejón, algún recodo, algún lugar oscuro. La risa, la misma, la de la muerte, resobaba desde ese sitio. Atormentando mis sentidos y empalando mi alma. Al rato note que mis pies se estaban moviendo mas rápido de lo deberían para un paseo de trasnoche. También mi cuerpo buscaba escapar de esa sensación infernal de ser juguete de alguien que ni siquiera sabia si existía realmente o era producto de mi (finalmente) insana mente.

La transpiración volvió a mi cuerpo, helada de miedo, hirviente de ejercicio. Mis jadeos se volvieron más constantes aun y mis brazos dibujaban un recorrido cada vez mas largo, en forma de péndulo, de adelante hacia atrás. Todo seguía en aumento, hasta que un ataque de tos interrumpió mi huida. Doblado hacia delante, tosía sin paz, mientras me cubría la boca con ambas manos. Cuando termine, levante alto los brazos y dando un buen respiro me cercioré de que lo que había escupido no habían sido mis pulmones.

Al salir de mi distracción, pude notar que la risa había cesado. Mire a la derecha y nada, mire a la izquierda y nada. Hasta me atrevo a decir que una leve sonrisa se dibujo en la superficie de mi cara.

Ya más relajado aunque todavía jadeando, menos pero algo, me dispuse a volver a casa. Gire en sentido contrario y las mariposas hicieron lo mismo. Logre dar, creo, no mas de media docena de pasos cuando un ruido extraño, si, otro, llamó mi atención.

Me sorprendió no sentir miedo alguno, contrariamente a la sensación que me producía esa risa libidinosa. Y, sin dudarlo, comencé a caminar hacia el pequeño y oscuro callejón desde donde es escuchan los sonidos. Cada vez mas cerca llegue a la conclusión de estar escuchando un llanto, contenido pero puramente angustiado.
Un pequeño farol colgado iluminaba la situación con una tenue luz amarilla, sumamente nostálgica. En el interior del callejón y sentada sobre el sueño, una joven me daba la espalda, lloraba sin consuelo. Su cuerpo estaba totalmente encorvado hacia delante y sus pelos rubios le llegaban casi hasta la cintura. Me quede inmovilizado unos segundos hasta que conseguí hablar: - Hola, ¿estas bien?- mis palabras sonaron con eco en ese estrecho lugar.

No recibí respuesta alguna, ni siquiera el esperado sobresalto que pudiera recibir una linda señorita al escuchar la voz de un hombre en un callejón negro a esas horas de la noche.

- Discúlpame, yo vivo acá a unas pocas cuadras, estaba paseando y te escuche- Seguí hablando sin dejar de avanzar, hasta lograr ponerme frente a ella.

Me detuve, y usando mi mejor cara de buena persona (la que creía también se había fugado con mi risa) continué – ¿Estas lastimada? ¿Hay algo que pueda hacer?-

En un instante mi sangre se estanco. Mis venas se convirtieron en tubos de refrigeración. Mis ojos se abrieron tanto que parecían dos pálidas monedas.

Ella, sin reaccionar a mi presencia, tenia sus dos manos sobre la entrepierna, y entre ellas, un revolver apuntando directo a su estomago.

Mi cuerpo sufrió un temblor y se desplomo como si la gravedad de la tierra hubiera aumentado de golpe. Qued

e en posición felina de frente a la muchacha, que ni siquiera levanto la vista, seguía llorando sin consuelo.

-N-n-no lo hagas, no vale la pena, seguro yo te puedo ayu…- mi voz temblorosa fue interrumpida por la de ella.

-Soy un desastre, mi vida es un desastre- dijo, entre mocos y lagrimas costaba entenderle. –Mi familia no me entiende, él no me quiere, ¡estoy completamente sola!- su mentón se elevo hacia mi, aunque sus ojos se apretaban para no ver (o no dejar escapar mas lagrimas).

- ¡No seas tonta! ¡Nadie esta realmente solo!- Al escuchar eso con mi propia voz me di cuenta que mentía. Si se podía estar realmente solo, yo lo estaba desde el accidente. Estaba totalmente solo bailando con la tristeza de un brazo y con las mariposas violetas del otro. Pero no era mi intención empeorar más la ya trágica situación, así que apoye mis manos sobre los hombres de la bella joven y sin asombrarme esta vez de ser ignorado, me dispuse a dar un discurso sobre lo hermoso que es el vivir. Y luego prepararme a arder en las llamas junto con los peores mentirosos, esos que dicen una cosa y piensan otra.

- Siempre hay cosas por las cuales vivir, simplemente algunas personas son mejores que otras en encontrar estos motivos- pensé en lo convincente que sonaba y eso me dio fuerzas para continuar. –Hay gente que encuentra a su familia en los extraños, hay gente que muera diez veces por amor y se da cuenta que la onceaba vez logro renacer con mas fuerza, hay gente que logra…-

- ¡No quiero a este bebé! Que entupida fui, como pude arruinarme así la vida- gritó con el alma, angustia y dolor.

En un instante rápido pude ver como sus frágiles dedos apretaban el arma y la levantaban un poco mas apuntando a su pecho. No supe que hacer, uno ve tantas películas, pero cuando la situación lo apremia se queda obnubilado como un niño en carnaval.

No encontré razón en mis actos, solo encontré actos. Quizás mi instinto animal, lo que Freud llama el “Ello”, entendió que una muestra de cariño podría hacer reaccionar a esa chica. Así fue, como sin pensarlo, la bese. Mientras lo hacia sentí una sensación extraña, un leve cosquilleo en mis labios, no llegaba a ser ardor, pero si 

un intenso calor. Nunca aparte la vista de ella, ni cuando mi boca se posaba sobre la suya. No me miraba, tampoco cambio de expresión, seguía ignorándome.

De repente, un ruido seco retumbo con fuerza, dejando un poderoso zumbido en mis oídos. Un disparo. Seguido a este, la joven cayo como impulsada hacia atrás, dando su cuerpo un gran golpe de espaldas contra el suelo. La sangre se le escapaba como una colonia de hormigas rojas por la mortal herida, justo sobre la boca del estomago. La calle oscura se teñía rápidamente de un rojo triste y seco, y con ayuda del farol amarillo, la situación se volvía de lo más impactante. Ella había muerto entre llantos y angustia, llevándose consigo a su futuro hijo.

Ahora era yo, el que con el cuerpo encorvado hacia delante y sentado en el suelo, temblaba sin consuelo. <> pensaba frustrado.

-Acepta la muerte-

Cuando levante la mirada, ella estaba ahí, la dama de negro, parada frente a mí repitiendo lo único que m

e había dicho en toda la noche.

Junte fuerzas para volver a contestarle. Cuando de repente una verdad golpeo mi nuca con una frialdad digna de verdugos. Finalmente el miedo pasó, la transpiración helada dejo de sentirse sobre mi espalda. Mis ojos miraban la nada, que parecía estar reposada sobre el suelo.

No pude detenerla porque yo ya no soy de este mundo. Ella no me ignoraba, simplemente no me sentía. No era su muerte, o la de mi esposa, la que la dama me pedía repetidamente que acepte, sino la mía. Todo se volvió tan claro como el agua de río. No era yo el que, desde el accidente, había evitado estar o hablar con otras personas, sino que ellas lo habían hecho conmigo. Por eso podía ver las mariposas, porque eran mensajeras de La Muerte.

Tembloroso, logre incorporarme. Mire primero mis manos abiertas y luego a la dama de negro, que seguía junto a mi, atravesándome con su mirada.

- Lo acepto, llévame con ella- Mi voz, por primera vez en muchos días, sonaba de lo mas natural, hasta me atrevo a decir que llevaba una matiz de victoria.

Ella sonrió y desapareció.

Sentí como mi cuerpo se aligeraba, perdía todo su peso de una sola vez. Mire mis manos y estas se pusieron a brillar tenuemente. Me daba la sensación de estar flotando levemente sobre el suelo. Mis extremidades parecían acortarse, contraerse contra mi torso, que también disminuía. Sentí una calidez en el corazón parecida al amor.

<> pensé. Aunque rápidamente note lo estupido que era aquello. Yo ya estaba muerto desde que mi frente había golpeado contra el costado del parabrisas, aquella noche estrellada.

Estaba cambiando, no muriendo. Sufriendo una metamorfosis única en apariencia y sensaciones. Duro unos instante más y finalmente acabo, en ese momento lo entendí todo. Yo había cambiado, finalmente era una mariposa violeta.

 

Fin.

lunes, 6 de octubre de 2008

Cuento

Una Mariposa Violeta


Capitulo 2 de 3: Un segundo triste

- Si, quiero- contestó ella, con sus ojos de niña posados sobre los míos.

- Los declaro marido y mujer. Puede besar a la n…-

Y sin dejar terminar el discurso típico del reverendo, solté la pasión que mis labios se habían forzado a aguantar desde que la vi entrar del brazo de su padre, con ese vestido blanco tan angelical.

Los hombres mas jóvenes gritaban animosamente, las mujeres lloraban con el rimel desdibujado y una sonrisa curva en el rostro, y el resto simplemente aplaudía.

Por fin me había casado, luego de varios años de novios, me anime a hacer la gran pregunta hace algunos meses. Mientras que Victoria, se atrevió a aceptar.

Luego de la ceremonia, la fiesta. Alquilamos un gran salón, el mas bonito de los (me aventuro a decir) cientos que vimos. Poco a poco se acabaron las formalidades. Mi corbata colgaba de mi brazo como si yo me tratara de un boy scout subdesarrollado, mientras que mis pies hacían pasos de baile que ni ellos sabían, arremolinados, parecían decididos a sacarle aun mas brillo al piso de la pista.

Mis amigos, que siempre fueron del buen tomar, se dispusieron a animar la fiesta. Siendo el centro de atención por las constantes bromas y gritos de jolgorio, al mejor estilo futbolero. Mi tío, uno de los últimos galanes de los años 60, se paso toda la noche rondando la mesa de las amigas de mi reciente mujer. Con una mano dentro del bolsillo del saco y la otra aferrada (sino pegada) al vaso de whisky que consiguió le sirvan, le demostraba a las simpáticas jovencitas, que no había perdido las mañas.

Solo unos raptos de tristeza me nublaban el gran momento que estaba viviendo, pensaba en como disfrutarían mis padres (difuntos ambos) al ver a su único hijo casarse. Aunque estaba seguro de que se sentirían orgullosos de mi. Había elegido a la mujer más bonita y buena del mundo para compartir mi vida y formar una familia. Si bien, todavía no pensábamos tener hijos, era algo inevitable. Como ella solía decir cuando el tema salía a nuestro encuentro: “si hay amor, habrás frutos” y Dios lo sabe mas que nadie, amare siempre a esa mujer.

La fiesta termino como deben terminar todos los casamientos. Los Familiares sin cercanía de edad se fueron retirando antes que el resto. Algunos de mis amigos habían conseguido el teléfono de alguna de las chicas presentes y de (obviamente) la moza del salón. Tampoco falto el afortunado, en la infaltable situación, que dejo el baño impregnado con el aroma de la lujuria. Yo, por mi parte, me desenvolvía dentro de una feroz borrachera, que en otra situación hubiera sido motivo de escándalo y hoy era victima de elogios. Victoria, mi esposa, repetía invitado por media la frase de cabecera de la noche: “¡no lo puedo creer, estoy casada!”.

Y así concluyo la noche, ya solos ella y yo, tomamos un taxi hasta el departamento que habíamos alquilado hace ya dos meses. Si bien estábamos muy contentos por la situación, también estábamos extremadamente agotados por el día anormal que tuvimos. Así que esa noche, con tan solo unas miradas y unas sonrisas cómplices, dejamos al sexo durmiendo en el sillón, con la orden de despertarnos bien temprano al día siguiente. Debíamos preparar nuestra luna de miel.

Finalmente dos días después teníamos todo listo. Los bolsos estaban armados, el auto debidamente controlado, la comida para el viaje guardada en la guantera y la alegría impregnada en la piel. Teníamos alrededor de ocho horas de viaje hasta las cabañas que habíamos escogido para pasar toda la próxima semana.

Pensábamos salir alrededor de las diez de la mañana, para no estar en la ruta al anochecer. Pero siempre pasa algo cuando uno tiene un horario y terminamos subiendo a mi auto a eso de las dos de la tarde, sabiendo que tendríamos al menos tres horas nocturnas. La idea no le gusto mucho a mi reciente y flamante mujer, al extremo que entre líneas propuso dejar el viaje para el otro día. Pero yo, decidido, me negué. Tenía solo una semana de vacaciones en el trabajo y estaba decidido a pasarla con ella en esas preciosas cabañas. Así que nos subimos al vehiculo (un Fiat Palio color gris) y emprendimos el viaje.

Ella se mostró un poco distante al principio, fría. Aunque luego de un par de minutos logre dejar escapar de su rostro esa sonrisa que tanto me enamoró.

Todo marchaba de maravilla, a paso firme y continuo llegaríamos mas rápido de lo que había calculado, y eso significaba menos horas de viaje por la oscura ruta. Idea que me aliviaba, porque aunque me había mostrado muy decidido y tranquilo, siempre es mejor andar de día cuando no se conoce bien el camino.

Ya de noche, e intentando romper con la espesa capa de preocupación que había llenado el auto desde que la luna había tomo su lugar sobre nosotros, le dije a mi esposa, mientras con la mano derecha acariciaba su pomposa mejilla: - Estoy ansioso por llegar, necesito urgente una ducha bien fría-

- Haceme acordar que llame a mamá ni bien podamos- me contesto ella, sin apartar la mirada del camino. Que debo admitir, se veía sumamente tenebroso, y el hecho de que seamos el único auto a la vista en mucha distancia, no ayudaba en nada.

- Después de llamarla podemos pedir comida al cuarto y alquilar algunas películas, ¿Qué te parece?-

- Vamos…  ya no somos simplemente novios, podes dejar de usar el cuento típico de las películas- dijo mi esposa, y tomando mi mano entre las suyas, me beso la palma con una maravillosa ternura.

Una corta pero sonora risa salio de mi boca, gire la cabeza para mirarla y le dijo: - me descubriste jovencita, ¿y ahora que otra estrategia puedo usar?-

-¡Cuidado!- Grito de repente. El susto me abordo, más aun porque había dejado por un segundo de ver 
al camino para verla a ella. Cuando volví a apuntar mis ojos hacia el frente, dos tenues luces amarillas parecían fijarse en mi. Tenian el tamaño de pelotas de golf pero la mortalidad de dos disparos. Pude sentir como me atravesaban lentamente. En un reflejo, llevado por el miedo y la desesperación, mis manos tomaron con fuerza el volante e intentaron improvisar un giro para esquivar la amenaza. Pero no lo logre, y sin mas preámbulos, el Palio gris resbaló al tocar el extremo de la ruta y se
 incrusto de frente contra un gran árbol que estaba al costado del camino. Recuerdo poco y nada desde mi reacción hasta el choque. Solo se que pude verme a mi mismo, en cámara lenta, impulsado en forma directa hacia el parante izquierdo del vidrio delantero, golpeándome fuertemente la frente. Primero vi todo de un amarillo intenso, tanto que sentía como me lastimaba los parpados. Luego,
 todo se tiño de un infinito blanco y finalmente me inundo un profundo color negro. Me desmayé, y aunque inconciente, recuerdo la sensación de algo humedeciéndome el rostro.