lunes, 6 de octubre de 2008

Cuento

Una Mariposa Violeta


Capitulo 2 de 3: Un segundo triste

- Si, quiero- contestó ella, con sus ojos de niña posados sobre los míos.

- Los declaro marido y mujer. Puede besar a la n…-

Y sin dejar terminar el discurso típico del reverendo, solté la pasión que mis labios se habían forzado a aguantar desde que la vi entrar del brazo de su padre, con ese vestido blanco tan angelical.

Los hombres mas jóvenes gritaban animosamente, las mujeres lloraban con el rimel desdibujado y una sonrisa curva en el rostro, y el resto simplemente aplaudía.

Por fin me había casado, luego de varios años de novios, me anime a hacer la gran pregunta hace algunos meses. Mientras que Victoria, se atrevió a aceptar.

Luego de la ceremonia, la fiesta. Alquilamos un gran salón, el mas bonito de los (me aventuro a decir) cientos que vimos. Poco a poco se acabaron las formalidades. Mi corbata colgaba de mi brazo como si yo me tratara de un boy scout subdesarrollado, mientras que mis pies hacían pasos de baile que ni ellos sabían, arremolinados, parecían decididos a sacarle aun mas brillo al piso de la pista.

Mis amigos, que siempre fueron del buen tomar, se dispusieron a animar la fiesta. Siendo el centro de atención por las constantes bromas y gritos de jolgorio, al mejor estilo futbolero. Mi tío, uno de los últimos galanes de los años 60, se paso toda la noche rondando la mesa de las amigas de mi reciente mujer. Con una mano dentro del bolsillo del saco y la otra aferrada (sino pegada) al vaso de whisky que consiguió le sirvan, le demostraba a las simpáticas jovencitas, que no había perdido las mañas.

Solo unos raptos de tristeza me nublaban el gran momento que estaba viviendo, pensaba en como disfrutarían mis padres (difuntos ambos) al ver a su único hijo casarse. Aunque estaba seguro de que se sentirían orgullosos de mi. Había elegido a la mujer más bonita y buena del mundo para compartir mi vida y formar una familia. Si bien, todavía no pensábamos tener hijos, era algo inevitable. Como ella solía decir cuando el tema salía a nuestro encuentro: “si hay amor, habrás frutos” y Dios lo sabe mas que nadie, amare siempre a esa mujer.

La fiesta termino como deben terminar todos los casamientos. Los Familiares sin cercanía de edad se fueron retirando antes que el resto. Algunos de mis amigos habían conseguido el teléfono de alguna de las chicas presentes y de (obviamente) la moza del salón. Tampoco falto el afortunado, en la infaltable situación, que dejo el baño impregnado con el aroma de la lujuria. Yo, por mi parte, me desenvolvía dentro de una feroz borrachera, que en otra situación hubiera sido motivo de escándalo y hoy era victima de elogios. Victoria, mi esposa, repetía invitado por media la frase de cabecera de la noche: “¡no lo puedo creer, estoy casada!”.

Y así concluyo la noche, ya solos ella y yo, tomamos un taxi hasta el departamento que habíamos alquilado hace ya dos meses. Si bien estábamos muy contentos por la situación, también estábamos extremadamente agotados por el día anormal que tuvimos. Así que esa noche, con tan solo unas miradas y unas sonrisas cómplices, dejamos al sexo durmiendo en el sillón, con la orden de despertarnos bien temprano al día siguiente. Debíamos preparar nuestra luna de miel.

Finalmente dos días después teníamos todo listo. Los bolsos estaban armados, el auto debidamente controlado, la comida para el viaje guardada en la guantera y la alegría impregnada en la piel. Teníamos alrededor de ocho horas de viaje hasta las cabañas que habíamos escogido para pasar toda la próxima semana.

Pensábamos salir alrededor de las diez de la mañana, para no estar en la ruta al anochecer. Pero siempre pasa algo cuando uno tiene un horario y terminamos subiendo a mi auto a eso de las dos de la tarde, sabiendo que tendríamos al menos tres horas nocturnas. La idea no le gusto mucho a mi reciente y flamante mujer, al extremo que entre líneas propuso dejar el viaje para el otro día. Pero yo, decidido, me negué. Tenía solo una semana de vacaciones en el trabajo y estaba decidido a pasarla con ella en esas preciosas cabañas. Así que nos subimos al vehiculo (un Fiat Palio color gris) y emprendimos el viaje.

Ella se mostró un poco distante al principio, fría. Aunque luego de un par de minutos logre dejar escapar de su rostro esa sonrisa que tanto me enamoró.

Todo marchaba de maravilla, a paso firme y continuo llegaríamos mas rápido de lo que había calculado, y eso significaba menos horas de viaje por la oscura ruta. Idea que me aliviaba, porque aunque me había mostrado muy decidido y tranquilo, siempre es mejor andar de día cuando no se conoce bien el camino.

Ya de noche, e intentando romper con la espesa capa de preocupación que había llenado el auto desde que la luna había tomo su lugar sobre nosotros, le dije a mi esposa, mientras con la mano derecha acariciaba su pomposa mejilla: - Estoy ansioso por llegar, necesito urgente una ducha bien fría-

- Haceme acordar que llame a mamá ni bien podamos- me contesto ella, sin apartar la mirada del camino. Que debo admitir, se veía sumamente tenebroso, y el hecho de que seamos el único auto a la vista en mucha distancia, no ayudaba en nada.

- Después de llamarla podemos pedir comida al cuarto y alquilar algunas películas, ¿Qué te parece?-

- Vamos…  ya no somos simplemente novios, podes dejar de usar el cuento típico de las películas- dijo mi esposa, y tomando mi mano entre las suyas, me beso la palma con una maravillosa ternura.

Una corta pero sonora risa salio de mi boca, gire la cabeza para mirarla y le dijo: - me descubriste jovencita, ¿y ahora que otra estrategia puedo usar?-

-¡Cuidado!- Grito de repente. El susto me abordo, más aun porque había dejado por un segundo de ver 
al camino para verla a ella. Cuando volví a apuntar mis ojos hacia el frente, dos tenues luces amarillas parecían fijarse en mi. Tenian el tamaño de pelotas de golf pero la mortalidad de dos disparos. Pude sentir como me atravesaban lentamente. En un reflejo, llevado por el miedo y la desesperación, mis manos tomaron con fuerza el volante e intentaron improvisar un giro para esquivar la amenaza. Pero no lo logre, y sin mas preámbulos, el Palio gris resbaló al tocar el extremo de la ruta y se
 incrusto de frente contra un gran árbol que estaba al costado del camino. Recuerdo poco y nada desde mi reacción hasta el choque. Solo se que pude verme a mi mismo, en cámara lenta, impulsado en forma directa hacia el parante izquierdo del vidrio delantero, golpeándome fuertemente la frente. Primero vi todo de un amarillo intenso, tanto que sentía como me lastimaba los parpados. Luego,
 todo se tiño de un infinito blanco y finalmente me inundo un profundo color negro. Me desmayé, y aunque inconciente, recuerdo la sensación de algo humedeciéndome el rostro.



No hay comentarios: