martes, 23 de septiembre de 2008

Cuento

Una Mariposa Violeta

Capitulo 1 de 3: Muerto pero vivo

Apartir de ese día no pude volver a conciliar el sueño. Aquel fatídico dieciséis de mayo de 1998 que cambio de una manera tan brutal mi vida. Desde ese momento me paso las horas buscando una explicación posible, suspirando, mirando a la nada, llorando: sufriendo mi desgracia. Nunca mas volví a reír, ya no se que se siente hacerlo, no creo volver a ser capaz. Deje mi trabajo de profesor de historia en la universidad. Aleje a mis amigos más cercanos con una frialdad similar al cariño que ellos me hubieran ofrecido de haberlo pedido. Casi 

no salgo de mi casa, y cuando lo hago, simplemente es para que mis piernas no olviden el modo de andar, aunque mis intentos solo resulten en lograr caminar unas pocas cuadras. No puedo mirar a la gente a la cara, no puedo hablarles, no puedo aceptar la felicidad ajena. Me volví sumamente egoísta, pero, ¿Quién puede culparme?. Ella merecía vivir, quizás más que yo. Muchas veces pienso en porque no pude morir aquel día yo también. ¿Que Dios, si acaso existe tal cosa, se divierte viendo como una persona normal, recién casada, feliz, con futuros proyectos y sobre todo con mucho amor para dar, puede convertirse en esto que soy ahora?, un ser totalmente oscuro.

Aunque no puedo decir que estoy completamente solo en este naufragio mental. Las mariposas siempre me acompañan. A veces son solo dos, otras veces llegan a ser más de seis. Pero lo importante es que nunca me dejan completamente. Volando a mí alrededor, con sus alas tan violetas, parecieran dejar un rastro de pequeñas estrellas tras su paso. Nunca las vi posarse en alguien más, o en algún otro lugar que no sea sobre mis hombros o mis manos. No se si desaparecen cuando duermo, pues ya no lo hago.

Hace ya una semana, desde el accidente, que cada vez que el cansancio me inunda y los ojos se cierran mas por resolución propia que mía, la oscuridad me ataca. Es un instante, solo unas pocas imágenes hacen su aparición, pero logran en mí un despertar exaltado. En el momento que mis ojos dejan de ver tras mis parpados, comienza la secuencia. Una feliz pareja va en su auto por la ruta en una noche perfectamente estrellada, como cualquier otra. Ella, hermosa. El, terriblemente feliz. De repente dos ojos amarillos se hacen presentes en el camino. Una reacción rápida, involuntaria, la intención de esquivar ese ciervo invasor. Luego, oscuridad pura. Hasta que todo se vuelve rojo, casi carmesí. Y entre ese paisaje más infernal que divino, una figura. Una mujer, hermosa, herida sobre el pavimento, muerta. Y luego, el despertar, la respiración agitada, la transpiración, la tristeza y

 nuevamente: la nada sobre mi pecho.

Y así, siempre el mismo sueño. Logrando empañar mi alma, despertar mis músculos y torturar mi conciencia.

En muchas ocasiones pensé en suicidarme, mas no lo logre. Llegue a la insólita conclusión de que, a pesar de haberla deseado aquel día, le temo a la muerte con todo mí ser. Un viejo proverbio de la historia china decía: “Convencimiento en la mente, temblor en las manos. El miedo juega a ser el Dios del desdichado”, y yo, en estos momentos de mi vida, me siento su juguete mas usado.

Hoy, veintidós de mayo, esta a punto de cumplirse una semana desde aquel día. Resulta increíble, que a pesar del tremendo accidente que sufrimos mi esposa y yo, ella haya perdido la vida y yo simplemente despierte sin herida alguna.

Ya casi no respiraba cuando tome conciencia de lo macabro del asunto, ella estaba dando sus últimos suspiros. Recuerdo, también, que sus ojos achinados, sin brillo, lograron verme. Al hacerlo, movió ligeramente los labios. Pensé que querría decirme algo. A esa altura, ya dos cascadas de lágrimas bajaban desde el cuenco de mis ojos hacia el testigo pavimento. No podía levantarme, lo intente e intente, pero no tenia fuerzas para aunque sea llegar hacia ella. Pero, en fin, algo salio de su boca. No fue palabra alguna, sino una pequeña y bella mariposa color violeta. Volando desprotegida e imperfecta, se alejo de ella para comenzar a moverse a mi alrededor. No solo aquella, sino otras tantas me rodearon bailando.

Quede obnubilado por aquel espectáculo, ayudando mis lágrimas a un juego de luces casi mágicas. Mirando como un niño intente pedirle a mis ojos que sean capaces de verlas a todas a la vez, que muy concentradas hacían una especie de danza ritual junto a mí. Para entonces, mi esposa ya estaba sin vida a pocos metros de donde  yo me encontraba. Logre alejarme de la hipnosis de las pequeñas voladoras y mirar a mi mujer por última vez. Segundos más tarde volví a perder el sentido.

No recuerdo mucho más de aquella noche. Desde aquel momento hasta que estuve en mi casa, con la ropa y alma deshechas, mi mente estaba totalmente en blanco. Me abordo la tristeza. Pensé en que debería llamar a su madre, organizar un funeral, y poner una nota en el diario en su honor. Más no pude hacer nada de eso. Solo ver como de mi herida emanaba sangre que no lograba sacarme la vida, pero si matarme.

Nadie toco a mi puerta ni llamo al  teléfono, igual, no los culpo. ¿Qué puede decirle alguien a un sujeto como yo? a una persona que le paso la peor desgracia que puede ocurrírseme en estos momentos. Nadie me entiende, mejor así, no pretendo eso. La soledad es lo único que necesito ahora.

Trate de apartar todos esos pensamientos y volcarme en lo que estaba haciendo. Desde el amanecer que se me ocurrió sumergirme en mis libros para ver si encontraba algo sobre estas pequeñas e incansables escoltas que me siguen a todo momento. Aunque algo me dice que lo que halle será más leyenda y mito que registro histó

rico.

Y así fue, luego de casi todo el día leyendo, la única definición acorde al tema la encontré en una novela. El portugués Saramago¹ se refiere a las mariposas violetas como a mensajeros de la propia muerte, dando ellas un aviso invisible a los humanos de que su momento estaba por llegar. Siendo su función mas especifica llevar el alma de los difuntos hacia el lugar donde se realiza el juicio divino.

La idea me revolvió el estomago, hizo que la poca comida que había podido comer, decidiera volver a mi boca de un salto. Tenia que pensar una decisión. Si tomar de base una novela que puede ser o no total invento del auto, o remitirme a no buscarles origen a las mariposas que día y noche dan vueltas a mí alrededor.

De ser estas, mensajeras de la muerte, me sentiría más que nunca un juguete para esta. Estando ellas aquí, se deduce que mi fallecimiento tendría que haberse llevado a cabo hace varios días.

Una total depresión me a bordo de repente, me juzgue de desdichado, mi cabeza no podía dejar de pensa

r que la muerte me usaba para entretener sus ratos libre.

Rápidamente supe convertir mi frustración en rabia. Intente golpear a las mariposas con el libro que tenia en mis manos. Aunque no me fue posible, mi improvisada arma las atravesara como si estuviera hecha de aire. Deje la inútil ofensiva cuando comenzaron a dolerme los brazos y a jadearme el pecho.

-Acepta la muerte-

Una voz aguda pero tenebrosa me hizo saltar del susto. Dirigí rápidamente la cabeza hacia el rincón del oscuro cuarto de donde creía haber escuchado esas palabras.

En ese recodo, hasta ahora, siempre vació. Yacía cómodamente un gran trono gastado y putrefacto de un color semejante al del marfil, aunque sucio. No tenía almohadones ni en el respaldo ni en el asiento. Sobre el, con una indiferencia espeluznante, una mujer hermosa de no mas de treinta años me miraba fijamente. Cubierta por un vestido negro con musculosa y pollera larga. Sobre sus hombros se dejaba caer una cabellera plenamente oscura, mientras que sus ojos color carmesí me daban la sensación de estarme partiendo en dos.

Mis piernas comenzaron a temblar. Mis dedos se aferraron aun más a la novela de Saramago. Sentí, en el tiempo de un parpadeo, los labios totalmente secos, casi desquebrajados, mientras una gota de helada transpiración bajaba cautelosamente desde mi nuca hasta la cintura, haciendo un recorrido zigzagueante por mi columna vertebral. 

- Acepta la muerte- Volvió a decir, mientras una sonrisa libidinosa transformaba su rostro en la cosa más macabra que alguna vez haya visto.

El miedo volvió a transmutarse en rabia. Los temblores corporales se expresaron en acciones no pensadas. Mi boca se abrió casi rogando no hacerlo. Las palabras, mis palabras, se apretaban contra mi garganta para no salir al exterior y así, sin exageración, enfrentar a la muerte.

- N-n-no… ¡No pienso hacerlo!- al comienzo fue un tono débil, luego, se convirtió en un grito que aunque desenfrenado, también estaba plagado de seguridad. Y así continué: -No voy a aceptar su muerte, ella no debería haber muerto. Por lo menos no sola. ¡¡Deja de jugar conmigo!!- Y con la fuerza de quien sabe quien, la novela de Saramago volvió a ser arma. Guiada por el impulso de mi brazo, voló hacia el recodo donde la dama de negro me miraba, ahora con ojos redondos, brillantes, verdes, de ciervo.

Al llegar el libro a destino, este golpeo directamente sobre la esquina del cuarto. El trono y su nefasta ocupante habían desaparecido tan rápido como habían llegado, sin dejar rastro alguno, solo una novela abierta boca arriba sobre el suelo.

Todo parecía volver a la normalidad, la oscuridad, las mariposas y yo. Como desde aquel día, como siempre será. Pensaba en ir a ducharme, ya que había transpirado mucho en presencia de mi visitante, cuando otro ruido hizo que mi corazón rebotara en mi interior.

Una risa femenina, burlona, macabra, sonaba por todo el cuarto. Esta vez no pude ver desde donde venia, aunque gire sobre mi propio eje muchas veces. Finalmente logre convencerme, venia de todos lados a la vez. Incesante, la risa no desaparecía. No sirvió de nada taparme los oídos con ambas manos, tampoco cerrar tan fuerte los ojos hasta que llegaran a dolerme. Nada servia. Así que tome el primer abrigo que encontré sobre la percha próxima a la puerta (un sobretodo gris claro), apreté las llaves del departamento entre los dedos de mi mano derecha y corrí (literalmente) hacia la calle. Necesitaba aire fresco o me volvería loco, si es que ya no lo estaba. 

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