Si me preguntaran cuando lo supe, simplemente me encogería de hombros, despreocupado sobre una cuestión que nunca llamó mi atención. Si me forzaran a contestar, con insistencia o violencia, diría con tono nervioso “no lo sé, siempre fue así”. ¿O acaso el narigón reconoce el momento preciso en que su nariz se convirtió en foco de atención para las miradas ajenas? Yo no fui la excepción, mis ojos siempre fueron de la misma forma.
Seria mas acorde pensar, ahora que me obligo a hacerlo, que la reacción de los otros me
convierte en lo que soy, y no yo mismo. Me transforman, por mas cruel que suene, en una persona de ojos tristes.

Por entre la niebla de mi mente se acerca un recuerdo empírico. Como si fuera un automóvil paseando por rutas invisibles y llenas de incertidumbre, sin otro abrigo que la noche y el miedo a lo improbable. Un pasado, un comportamiento. Recuerdo comentarios, amigos de mi madre y padre que se expresaban con palabras bonitas, pero a su vez antagonistas de las expresiones de sus rostros “Que chico dulce, se parece a su madre”, “Será fuerte y valiente, si se contagia de su padre”.
Sus comentarios eran bienaventurados, pero sus visitas cada vez mas esporádicas. Primero nos visitaban con todos sus hijos, de distintas edades y portes. Luego lo hicieron solo con sus hijas, esperando que alguna se ganara la atención de mis padres para futuros compromisos matrimoniales. Hasta que finalmente, su contacto fue simplemente telefónico, haciendo malabarismo entre mentiras y excusas para no presentarse físicamente, pero a su vez rogando no perder contacto con nuestra rica familia.
Mi educación también fue un problema. Dadas las circunstancias siempre las autoridades encontraban una pretexto para mandarme de vuelta a casa o suspenderme algunos dias, sin importarles realmente que yo haga o no algo acorde a la sanción. Mis compañeros intentaban ignorarme, pero no resistían la tentación de prestar atención a cada uno de mis movimientos, con una mezcla de miedo con odio. No entendían lo que mi sola mirada les provocaba, pero sentian que no les gustaba. ¿Acaso alguien entiende a la tristeza? No lo sé, pero ellos, al igual que yo en ese momento, éramos solo niños.
Nadie tomó la decisión directamente, ni siquiera escuche a mis padres discutir del tema, siquiera hablarlo, pero la escuela dejó de ser un lugar para mi. Comenzaron a visitarme asiduamente distintos profesionales, desde matemáticos y químicos a filósofos e historiadores, todos con la intención de darme una lujosa educación, todos se sorprendieron al conocerme. Tal fue el efecto de mis ojos tristes, que sus visitas, tan bien pagas para ellos como largos meses de trabajo en cualquier otro lugar, dejaron de ser insistentes, para ser remotas, y hasta nulas.
Así fue como mi mundo se sumergió en un mar de libros de todo tipo, desde novelas clásicas hasta teorías evolutivas de lo más eclesiásticas, pasando por historia medieval hasta desembarcar en ensayos sobre lo bello que seria el mundo si no existiera el color gris. Todo era valido, aprendí que de todo se aprende. Mi vida resultó ser una balsa a la deriva, dond
e todo lo que se veía alrededor era agua, agua de páginas y palabras escritas que gritaban con voz acuosa ser parte de mi tiempo y de mi mente.
No puedo realmente saber cuantas enciclopedias midieron mis años, cuantas historias grabaron mis soles, lo cierto es que hubo un instante, tan mágico como cataclísmico, en que me descubrí entrando en una edad en la cual las responsabilidades no podían resbalar mas por sobre mi cuerpo y caer en el de otra persona. Esa misma tarde, cuando el piso bajo mis pies tembló de un modo invisible, me acerque a mis padres y les dije con la voz del que no habla hace decadas: “tengo que irme, esta casa ya no es mi casa, y esta mirada, tan mía como nada, no será más un hijo bastardo para ustedes”.
Mi madre no habló, pero lloró por dentro y por fuera. Mi padre asintió aliviado y triste, no solo por los efectos de mis ojos, sino por no haber tenido la valentía de pedirme él mismo que me fuera. En ese instante un flash iluminó mis sentidos, ¿Hacia cuanto tiempo que no v
eía a esas dos personas? ¿En que momento deje de cenar con ellos para pedir que me dejaran la comida en la puerta de mi cuarto?, no lo sabia, quizás hacia años que mis padres no me miraban a la cara, y por lo tanto, que no sentían tanta tristeza.
Lo entendí, junte mis cosas y lo volvi a entender. Una mucama temblorosa se acercó hasta mí, justo cuando estaba por traspasar el umbral de mi hogar para nunca mas hacerlo, me dio un sobre lleno de dinero y se metió nuevamente en la casa, tan rápido como su mancillado cuerpo le permitió hacerlo. Sonreí y me fui. Mis ojos tristes contagiaban tristeza, siempre lo hicieron y siempre lo haran. La gente lo sabia, lo sentia, todos y mis padres también, esa mucama, la gente de la escuela y los universitarios, todos lo sentían cuando yo los miraba, y nadie quiere sentirse triste.
Mis ojos no eran los de una persona triste, yo no lo era. Pero si transmitían esa sensa
ción. Expandía a mi alrededor, a toda persona que me mirara, un virus emocional altamente repelente. ¿Cómo combatir a la tristeza sin estar triste? El dilema de mi vida, una batalla absurda y aburrida, sin desenlace y con resultado a la vista, uno desventajoso para mi.
Que tonto fui, que ciego, debí haberme ido hace tiempo, por amor y por odio. ¿Cómo echar a tu propio hijo solo porque al verlo se te congela el alma, se te contrae el pecho, se te eriza la piel? Que dilema habrán tenido por mi culpa mis padres, cuantas discusiones, cuantas lágrimas, cuanto egoísmo justificado. Pero ya no, se terminaba para ellos, “Adiós, no los culpo y los amo” pensé y dije en voz alta antes de irme. Si fui escuchado nunca recibí respuesta. Solo se que cuando dejen de llorarme, se sentirán felices.
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