domingo, 6 de septiembre de 2009

Un viaje que amé, odié y ambas a la vez

Las reglas del Laberinto


Comenzar la pubertad es algo imposible de evadir, que me permito metaforizar ese momento como un un pobre niño inocente se adentra en un laberinto universal e infinito.

Este lugar, oscuro y lóbrego, enviciado en curvas y pasajes que no dejan ver con claridad ningún camino a la distancia, esta lleno de pequeñas estrellas que representan a otros individuos iguales entre si, que recorren hipnotizados y sin detenerse una infinidad de caminos.

La luz dentro del laberinto es casi nula, por eso, todos los sujetos avanzan guiados por sus manos sobre una de las paredes laterales, para no perder el punto de referencia.

A veces, las estrellas se encuentran, se abrazan, se aman y se hacen bien. Esta relación (¿o mejor llamarla interacción?) dura una cantidad de tiempo no especifico, su luz se extingue de a poco y cada una sigue por su lado (aunque esto no quita que puedan volver a cruzarse), siempre con las manos sobre las paredes.

A primera vista todo parece un simple juego, aunque interminable. Estrellas que se encuentran, se usan sin egoísmos validos, y se despiden con penas proporcionales al momento. Todo sigue ese camino, hasta que a veces…y solo pocas veces…un gran Sol aparece delante, por sobre las paredes del misterioso laberinto.

El sujeto fija sus ojos directo en él, la novedad de lo majestuoso enturbia sus sentidos. Alucinado y obsesionado, marca su rumbo ciego hacia lo único que parece tener importancia en ese momento. Avanza sin colocar sus manos sobre la pared, ya no es necesario, la luz del Sol lo guía. Las tinieblas parecen recuerdos inventados por sus pesadillas, las estrellas pasadas se convierten en vacías anécdotas en su pecho.

Si se llega hasta el objetivo o no, es indiferente. Para todas las estrellas existe un solo Sol verdadero, aunque existen demasiados farsantes. Su luz es la clave, su luz es la verdad, la existencia de ella… un Sol destinado a una estrella no se apaga porque si.

Cuando esto sucede (Y el laberinto vuelve a serlo) solo hay una sensación que predomina, la desesperación. Los ojos acostumbrados ya a la luz intensa y no a la leal oscuridad, pierden por un periodo de tiempo su capacidad primitiva de reflejar todo lo que tienen delante.

Sin su vista, los manotazos al aire son en vano, ninguna pared esta cerca para retomar el rumbo, el punto de referencia olvidado es motivo de angustia y auto reproche ¿hacia atrás o hacia delante era el camino? No lo sabe, solo le resta esperar, sufrir y esperar.

Sus ojos volverán a ser los mismos, volverán a sentirse propios en la oscuridad y servirán de guía para las pequeñas estrella, que no son las mismas, conocieron lo que es estar ciegas. Siempre corriendo el riesgo, el riesgo de ver otro Sol, sea falso o finalmente el verdadero. El miedo será frecuente, el dolor renacerá y se sentara a beber sobre sus recuerdos, ¿se arriesgara nuevamente? ¿Quien sabe? Tendrá tiempo, el laberinto es infinito y lo será siempre, mientras la vida perdure, la vida como laberinto.

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